23 de enero de 2017

Los “nuevomilenios”, por Melitón Bruque García

Es uno de tantos, no pudo terminar el bachiller porque venía arrastrando cuatro asignaturas; no pudo superar los exámenes, porque tampoco era capaz de aguantar 10 minutos sentado frente a un libro, menos aún, escuchando a un profesor en la clase. Pero, eso sí, era el gallito del corral, el más interesante, el más guapo, el más chistoso; el que marcaba siempre la moda en ropa y en todo el que tenía la última tecnología en aparatos digitales… Sus padres se sentían felices de verlo. 

Dejó los estudios y se encerró en casa a sus 19 años; jamás pasó la más mínima necesidad; y ahora sigue exigiendo, como cuando tenía seis o siete años. 

A través de un amigo encontró un trabajo en un taller, para lavar los coches después de que son reparados. Por 8 horas de trabajo recibía 500€ y alguna propina, si el resultado del lavado agradaba al dueño del automóvil. 

No aguantando más de dos meses este trabajo, afirma que “él no emplea su vida en lavar coches, que ese trabajo no es para él, que no tiene relevancia alguna; que él no tolera que alguien le diga que no está de acuerdo con lo que ha hecho y que limpie mejor un coche…” 

Ha vuelto de nuevo a casa; allí vive escondido todo el día, colgado en el teléfono con el rostro iluminado por la pantalla. 


Lógicamente, sus padres están pasando de la admiración que tenían por él a la decepción y a la preocupación, pues ven que los días van pasando y no advierten en él el más mínimo movimiento. 

Después que me han contado la historia, suelen revolverse en el interior muchas ideas encontradas: ¿Acaso este joven planificó su educación y pidió que lo inutilizaran para la vida? 

Todos somos testigos de lo que está ocurriendo y todos nos quejamos de ver y escuchar que los jóvenes actuales solo entienden de “derechos”, pero no quieren saber de “obligaciones”; todos estamos viendo que tienen alergia al compromiso y que no se puede contar con ellos para nada que suponga un mínimo de constancia. Protestamos al ver que viven inmersos en las redes sociales…  ¿Qué está pasando? ¿Es que estamos asistiendo al nacimiento de una nueva especie? 

Yo no creo que sean ni mejores ni peores que los jóvenes de siempre; ni son más listos ni más torpes… Sí, debido a la alimentación son un poco más altos. Son sólo el resultado de lo que hemos hecho por ellos; son el producto de la grave equivocación que hemos cometido al desear que nuestros hijos no pasen nunca por las dificultades que hemos pasado nosotros y que ellos no carezcan jamás de aquello que nosotros nunca pudimos tener. Dimos cabida a un sistema de psicología que nos invitaba a desechar cualquier frustración, que el niño pueda tener, para que su autoestima no sufriera. Posteriormente nos hemos dado cuenta de que precisamente la madurez de una persona se adquiere afrontando dificultades en la vida. 

Todos estamos orgullosos de haber afrontado la vida y las dificultades; en cambio, no permitimos que nuestros hijos estén también orgullosos en su día 

Con nuestra actitud equivocada hemos ayudado a formar personas frágiles, sin habilidades para defenderse en la vida, dependientes de dispositivos electrónicos, sin capacidad para relacionarse con la gente, incapaces de enfrentarse a los problemas y afrontar un fracaso. 

Me he puesto a ver qué dicen los psicólogos, los pedagogos y los sociólogos y encuentro opiniones para todos los gustos, hasta recetas que te dejan fuera de juego. La mayor parte apunta por una dirección: hemos cometido un grave error y hemos atentado contra una generación, a la que hemos condenado a ser “carne de cañón” –como suele decirse. 


¿Qué ha ocurrido? 

Ha sido muy sencillo: nuestros padres sufrieron el hambre, la escasez de medios; no pudieron permitirse el más mínimo gusto y pasaron su vida por sacar adelante su casa y su familia. En ella vivimos nosotros y fuimos viendo lo que nuestros padres sufrieron y nos unimos a su lucha, para que cambiara la situación. Cuando logramos sacar la cabeza, nos propusimos no volver a pasar por ahí, ni permitir que alguien de los nuestros repitiera la misma experiencia. Nuestros hijos recogieron el esfuerzo de nuestros padres y el nuestro. Hemos llegado a ser miembros de la generación que sufrió el dolor y la opresión de nuestros padres y en la que actualmente sufrimos el despotismo de nuestros hijos; pero al ir pasando los años, nuestros hijos tienen la herencia de sus padres, que somos nosotros, junto con la actitud de “me lo merezco todo”, que les fuimos infundiendo. Ahora sus hijos son aquellos que se están criando a la sombra de sus abuelos (que somos los mismos, con el plus de sentirnos que la responsabilidad es de los padres). Vamos criando niños sin objetivos, sin ideales, sin barreras y sin aceptar el más mínimo sufrimiento. 

A estos “Jóvenes del milenio” –como empiezan a llamar a esta generación- se les dijo siempre que eran los mejores, los más guapos, los más interesantes, que tienen derecho a tener todo lo que desean. Lo único que falta es que les guste; pues aquello que no les gusta... “Si no le gusta estudiar, trabajar, ir a la catequesis, aprender un oficio…”, no tienen por qué hacerlo.

Así, dejan los estudios, cuando ya están cansados. De golpe se encuentran con el mundo, en el que ellos jamás pensaron; de repente descubren que ya no son tan especiales, ni tan guapos, ni tan interesantes… Entonces su mamá o su abuelita no le pueden conseguir un puesto de trabajo, o subirles de categoría; y se dan cuenta que el dinero no viene así porque sí, creyendo que basta con desear una cosa para tenerla… Y cuando se encuentran con todo esto, se les viene toda la autoestima por los suelos. 

Por otro lado, como vivieron en un mundo virtual, su mundo era el Facebook, el Instagram, el Whatsapp. En ese mundo contabilizaban a sus amigos por el número de los que decían “me gusta” Y si alguien dice que no le gusta es tachado. Se forman así dos grupos: el de los “buenos”, los amigos, los que le aplauden; con ellos se siente feliz y el resto lo desecha.  Por eso, cuando está deprimido, dice en su pantalla "¡¡Hola!!". Como le responden 200, se siente fuerte, importante, apoyado… Pero, cuando abre la puerta de su casa y sale a la calle, ve que el mundo es otra cosa. En la calle la gente va estresada, nadie tiene tiempo para perder con nadie. El lenguaje amable que ve en su pantalla, no es lo que escucha en la calle. Entonces, en lugar de buscar a una persona que le ayude, se vuelve y se refugia de nuevo en un dispositivo que lo lleve a las redes, que lo meten en el mundo que él elige y en el que se siente a gusto con aquellos que están de acuerdo con él. 

Ya existen estudios en los que está científicamente demostrado que las redes sociales, entre ellas nuestros teléfonos, liberan en el organismo una sustancia química, que se llama dopamina: ésta cambia automáticamente nuestro estado de ánimo; cuando chateas con alguien, hace que te sientas bien, te motiva, te da alegría. Por eso, cuando nos sentimos decaídos, aburridos, tristes, solos… escribimos un "¡¡Hola!!" e inmediatamente alguien responderá. Automáticamente cambia nuestro estado de ánimo. La dopamina es altamente adictiva. 

Esta misma reacción es la que se produce cuando fumamos, cuando tomamos una cerveza, cuando apostamos en la lotería. Pero todo esto está controlado por la ley; en cambio, para los instrumentos de las nuevas tecnologías, para los móviles, nada hay regulado, no hay un freno; por el contrario, hay incentivos; es algo así como si a un ludópata le damos un puñado de monedas, lo colocamos delante de una máquina traga-perras y le decimos: “Ánimo, todavía no ha soltado ningún premio”. Estamos incitando a nuestros niños a una droga que ya está produciendo sus frutos. Es necesario examinar a qué punto de dependencia hemos llegado. Un ejemplo que nos puede servir: si, cuando estamos en la mesa, comiendo con amigos o familiares, se nos ocurre ponernos a chatear con alguien que no está en el grupo, estamos teniendo ya una primera alarma que nos indica peligro. 

Tengamos en cuenta otra manifestación del sendero hacia la adicción a los medios que ensimisman. Poner en la cuna la pantallita para que el niño se distraiga, centrado en los dibujos, recibiendo los mensajes que se le lanzan, aislado de la realidad que lo rodea. Cuando necesita algo, le basta llorar o gritar para obtener lo que desea y se lo damos para que se distraiga. Un niño así no es ejercitado en la paciencia y en el aguante de sensaciones: todo ha sido respondido al instante. 

Ahora, cuando ha crecido en esa dinámica, no esperemos que cambie de la noche a la mañana: cuando desea algo, no hace más que abrir el navegador, decir lo que quiere y a la mañana siguiente lo ha de tener en su casa. ¿Quiere ver una película que le han aconsejado unos amigos a través de la red?  Al instante se conecta la red y la ve. Quiere ver un programa y no tiene que esperar el capítulo que va apareciendo cada semana; lo tiene todo completo, es decir: lo que desea lo tiene al alcance para satisfacerlo al instante. 

Hay algunas cosas que no puede dominar con las nuevas tecnologías: el TRABAJO y las RELACIONES DURADERAS; para esto no hay ningún IPhone, ningún IPad que le pueda resolver el problema. La atención a las realidades humanas fundamentales requiere un proceso lento, mucho esfuerzo, paciencia, atención, renuncia… En esa atención, esos jóvenes han de demostrar que son fantásticos, guapos, inteligentes… 

Ahí me encuentro con el joven que ha dado lugar a esta reflexión: él cree que todo es lindo, todo es triunfo, todo aplausos… Él no se pudo imaginar jamás que la vida es como subir a una montaña alta y que, para llegar a la cima, hay que sufrir y hacer una fuerte escalada… ¡No! El imaginó la cima y creyó que ya estaba en lo alto, sin haber dado ni un solo paso; como si fuera lo mismo soñar que vivir en una mansión, sin haberse preocupado en poner ni los cimientos. Vive en la luna, soñando con una vida en abstracto, sin poner los pies en la realidad. 

A estos jóvenes hay que bajarlos de la nube en la que se les ha subido y enseñarles que no basta soñar, que hay que esforzarse en subir la montaña hasta llegar a la cima.

Los grandes valores que producen la felicidad de haber escalado la montaña son: 
  • La satisfacción por el trabajo bien hecho, pero esto implica paciencia, orden en la vida, atención, esmero, cariño… 
  • Disfrutar con los amigos y los seres queridos, pero esto exige pensar en los otros más que en si mismo, cuidar con cariño, ser atento, tener detalles de amistad, de solidaridad… 
  • Sentirte bien contigo mismo, pero esto lleva consigo el ser dueño de tus instintos, de tus proyectos, de tu camino, ser libre y disciplinado contigo mismo… 
Todas estas cosas no son algo que se encuentra en Amazon o en Google o en el quiosco de la esquina; se adquieren a base de tiempo, paciencia, sufrimiento y disciplina. Y, aunque nos hayan hecho creer que somos los mejores, los que no necesitan de nadie, porque somos los héroes de la pantalla, tenemos que convencernos que necesitamos a los demás, hasta para ser felices; pues no hay desgracia más grande que la felicidad vivida en soledad.